La Educación Popular hoy; ni dogmática, ni abierta

, por  Comité Cerezo México , popularidad : 1%

La Educación Popular nace como una aportación del marxismo y se nutre de la teología de la liberación para acompañar a los pueblos que luchaban contra la política norteamericana que mantuvo a los gobiernos en América Latina subyugados a sus intereses en el contexto de la guerra fría; esta guerra, implicaba el enfrentamiento, político, cultural, económico e ideológico entre el bloque socialista y el bloque capitalista.

Dentro del campo teórico y práctico de la Educación Popular también se enfrentarán estas dos posiciones político-ideológicas que generan, a su vez, dos posiciones políticas, teóricas y sobre todo prácticas; dentro del campo de la lucha social contra el capitalismo, la Educación Popular responderá a las dos posiciones políticas que se reivindican de izquierda; por un lado, la posición revolucionaria y, por el otro lado, la posición reformista; ambas posiciones no pueden verse aisladas del contexto histórico.

La praxis (la práctica y la teorización de ésta) de la Educación Popular se ubicará dentro de estas dos posiciones políticas principalmente, pero la ideología capitalista poco a poco irá ganando terreno agazapada, principalmente, dentro de la posición reformista. Desde hace 20 años un esquema coherente de la Educación Popular dividía estas dos posiciones; la revolucionaria y la reformista, las cuales veremos a continuación:

La primera posición, la revolucionaria y a la que llamaremos Leninista, nos dice que el objetivo de la Educación Popular es la destrucción del sistema basado en la explotación a través de la acción organizada de la masas, del pueblo organizado que debe estar dirigido, como una generalidad, por un Partido (partido como forma organizativa sin que tenga que identificarse como actualmente se hace con un partido político electoral) para, mediante una revolución, tomar el poder político y, posteriormente, construir una nueva sociedad, de carácter socialista, como antesala al arribo a una sociedad comunista (que nunca ha existido), donde no exista la explotación del hombre por el hombre.

Este modelo tuvo un auge en todo Latinoamérica durante la década de los años sesentas y setentas, ya que los conceptos de toma de conciencia, lucha revolucionaria, trasformación social, nueva sociedad, estaban presentes en muchos de los materiales teóricos que se produjeron en esos años. Pero, con el tiempo empieza a cambiar el mundo: el bloque capitalista empieza a inclinar la balanza hacia su lado y, teóricamente, inicia el auge de lo que ahora conocemos como open marxism, y a partir de 1989, con el derrumbe del muro de Berlín y (sólo dos años más tarde) la disolución de la URSS, entra de lleno la ideología capitalista a través del posmodernismo; así, los ideólogos del capitalismo, del fin de las ideologías logran que la izquierda, erróneamente, y, de forma intencionada, los voceros del capitalismo identifiquen esta derrota histórica con la derrota de la teoría que le dio nacimiento a este proyecto social nuevo, el marxismo.

En los años posteriores a los años 80 y hasta la caída del bloque socialista, gracias a la batalla ideológica, pero principalmente a una práctica dogmática y anquilosada de la posición leninista se desarrollará una segunda posición o modelo, al que denominamos Gramsciano, este modelo explicará que en la revolución la toma del poder político no es lo fundamental, como sostiene la posición leninista, sino que se trata, principalmente, de la toma del poder cultural que debe preceder a la toma del poder político.

Este segundo modelo, el reformista se convertirá en el más extendido entre los educadores populares que, huyendo del dogmatismo del primer modelo caerán en los brazos de las teorías socialdemócratas o abiertamente antimarxistas, que encuentran el terreno fértil para penetrar y confundirse dentro de esta posición.
El modelo leninista perecerá, dentro de los cuadernillos de educación popular, asfixiado por su falta de desarrollo y, por tanto, su dogmatismo y anquilosamiento, pero principalmente por no ser una alternativa real a los pueblos que, estimulados por el paradigma socialista, deseaban cambiar la situación de opresión en la que estaban sometidos.

El modelo gramsciano empieza a cambiar también con el tiempo, no hay ya un contrapeso práctico-teórico que le debata como en su momento lo hizo el modelo lenininista, incluso pierde su nombre y se convierte en un modelo al que llamaremos democrático: hoy en día lo importante es la democracia, la tarea fundamental que se le ha dado a la Educación Popular es contribuir al fortalecimiento de la democracia, aunque desde su surgimiento no haya respondido a la pregunta de ¿cuál de las tantas formas de democracia es la que habría que fortalecer o construir?; Si habría que fortalecer esta “democracia” que tenemos o habría que revitalizarla, ampliarla o construir otra (Torres Carrillo, 2000).

Han pasado más de 20 años desde la disolución de la URSS y tampoco la práctica de esta nueva posición de educación popular, abierta, democrática, incluso desideologizada ha encontrado el rumbo; podríamos acusarla de que no sólo ha olvidado que la lucha era para tomar el poder político o tan siquiera el poder cultural, sino que, aún con la bota del poder sobre el cuello de los pueblos, confunde cualquier forma de poder con opresión.

En últimas fechas, la posición “democrática” ha llegado al extremo teórico, que no se valida con su correspondiente práctico, de anunciar que ni siquiera existe la izquierda y la derecha, sino el abajo y el arriba; recuerda insistentemente que los pueblos acompañados de una educación popular leninista dogmatizada no encontraron en esta última la alternativa al capitalismo, hoy en su fase neoliberal, pero la posición “democrática”, además no reconoce en su propia práctica concreta la importancia de la organización de los sectores desposeídos en su conjunto, hoy ha reducido la lucha por una trasformación social de todo un país y un continente a la trasformación de pequeños o minúsculos territorios que, y de acuerdo con la teoría reformista, tomará tiempo que se generalicen a toda la sociedad, para que ésta sociedad, representada por la mayoría, una vez convencida, exija el paso a una sociedad nueva.

Hoy tenemos una nueva Educación Popular que sólo se acomoda en el rescate y fortalecimiento de una supuesta, pero diríamos nosotros, inexistente cultura popular, que «se va gestando a través de esos largos procesos preparatorios de construcción de la hegemonía popular pero mediante las parciales y fragmentarias, pero reales, transformaciones de conciencia» (Cetrulo, 2001); lo que implica una lucha por una democracia de tipo capitalista que, desde el derrumbe de la URSS, se hace pasar por la Democracia y los nuevos educadores populares no pueden distingir su carácter capitalista debido a sus carencia teóricas y a una práctica territorial y políticamente reducida.

Dentro de estas dos posiciones originales y también en la evolución de la segunda, la que denominamos Educación Popular “democrática” o “abierta” siempre ha está presente la teología de la liberación, cuyo papel militante durante la guerra fría a favor de la lucha popular fue en muchos casos determinante para extender en las masas y en los pueblos, la necesidad de un cambio social, esta posición ideológica estará siempre presente en diversos matices y grados; dentro del tipo leninista en menor medida y con mayor presencia en el tipo gramsciano por ese carácter “abierto” en el que se va a desarrollar, así, en la finalidad de la Educación Popular podemos apreciar la influencia de la teología de la liberación, ya que se trata de construir un “socialismo [ahora ya no se usará esta concepto, pero podemos ajustarlo a democracia] que representa una sociedad justa, humana, equitativa y feliz” (Nuñez Hurtado, 1996), ejemplo claro del reflejo judeocristiano del reino de los cielos, pero, como la práctica misma lo ha venido demostrando, no es este ideal religioso un ejemplo de la sociedad humana y, por tanto, no corresponde ni siquiera con la teorización y práctica de las experiencias socialistas que existieron, cabe recalcar que hoy se ha eliminado la palabra socialismo de la teoría de la teología de la liberación.

En la posición leninista, aunque estuviera presente la teología de la liberación, la finalidad de la Educación Popular también hablaba de socialismo y nos explicaba que un proyecto emancipatorio se da a través de «[...] un proceso de formación y capacitación que se da dentro de una perspectiva de clase y que forma parte o se vincula a la acción organizada del pueblo, de las masas, en orden de lograr el objetivo de construir una sociedad nueva». (Turner & S, 1995)

Nuevamente el movimiento social está en auge, una nueva crisis económica se profundiza y, como siempre, quienes están pagando los platos rotos son los pueblos, los explotados, los oprimidos; y esa es la razón fundamental por la cual se está iniciando una nueva crisis de la propia Educación Popular, quienes somos parte de esta experiencia práctica estamos viendo que la Educación Popular “democrática” o “abierta” no satisface las necesidades de la práctica concreta de los pueblos en la búsqueda de su emancipación, se queda corta, chata, ante una realidad que si bien vuelve a cuestionar no sólo el dogmatismo de su primer modelo, también cuestiona el nulo avance que representó la aportación del modelo gramsciano, e incluso el obstáculo que está representando, el nuevo modelo de Educación Popular, que ya no dice nada, que no propone nada, que incluso usa conceptos y teorías que ayudaron en la guerra fría a acelerar la derrota de los pueblos socialistas, que hoy han regresado, con altos costos humanos, a la “democracia” que impulsa el nuevo modelo de Educación Popular, cuando en la práctica renuncia a una nueva sociedad no capitalista.

Es necesario, actualmente y con base en nuestra práctica concreta, hacer un alto, figurado, por supuesto, para iniciar ese segundo paso de la praxis, la reflexión teórica, una reflexión que permita abonar a las diferentes prácticas que actualmente están realizándose.

Hoy en día, aún quedan educadores populares que creen, sin mucho fundamento, que la ideología es una falsa conciencia y, por tanto, hablar de lucha ideológica, de ideología, les suena a ellos a “lucha entre falsas ideas” lo cual, y en eso estamos de acuerdo, es verdaderamente ocioso realizar. Como resultado de esta concepción errónea de la ideología acuñaron, entonces, el concepto de ideologización, proceso mediante el cual el conocimiento se desprende de lo científico y queda en simples ideas falsas que obnubilan la teoría y desvían la práctica hacia otros derroteros, no ya los de la Educación Popular.

Así, quedemos advertidos que cuando hablamos de ideología, no estamos hablando del concepto althusseriano de falsa conciencia, sino de «[...] un conjunto de ideas acerca del mundo y la sociedad, que responde a intereses, aspiraciones o ideales de una clase social en un contexto social dado y que: guía y justifica un comportamiento práctico de los hombres acorde con esos intereses, aspiraciones o ideales.» (Sánchez Vazquez, 2013)

Pensamos que hoy, más que siempre, es necesaria e inevitable, la lucha ideológica que tenga la finalidad de unir los esfuerzos de los educadores populares, para avanzar en la construcción de una nueva sociedad, y no perderse en las luchas estériles internas, que sólo fraccionan y debilitan la práctica de la Educación Popular y que pueden ocasionar una derrota en las luchas por un sistema social más avanzado, ya no le llamemos socialismo, si así se quiere, pero que sea un nuevo sistema no sólo antineoliberal, sino anticapitalista.

Es necesario hoy, realizar un proceso de homogeneización (no hablamos de química) a través de la lucha ideológica (resultado de la práctica concreta que se ha estado llevando a cabo), de las diversas posturas, para arribar a una concepción coherente de lo que debe ser la Educación Popular, sus fines y su metodología, adecuados al contexto histórico capitalista que vivimos actualmente.

Podemos afirmar, entonces, que la Educación Popular es un constructo histórico-social, que se ha modificado dialécticamente; unas veces ha estado más apegada a una línea política-pedagógica de trasformación radical de la sociedad y otras más cercana a una línea técnico-pedagógica alejada de este compromiso, en el medio, por supuesto, ha habido muchas variantes que se acercan o se alejan dependiendo incluso del clima, el Zodiaco o el presupuesto a ejercer.

La Educación Popular no constituye una teoría o cuerpo doctrinal, pero sí es una corriente política pedagógica construida histórica y contextualmente que ha hecho que no exista un discurso único, monolítico, de la Educación Popular, (Torres Carrillo, 2000).

Ya Torres Carrillo menciona el vaivén que se da en la Educación Popular; primero el modelo leninista, que se dogmatizó debido a la nula comprensión del carácter de la lucha política, que se anquilosó y dejó de latir su corazón; Torres Carrillo lo ejemplifica de manera correcta cuando comenta de que si una persona de la comunidad no responde que el imperialismo es el origen de todos los males, entonces, a decir del educador popular dogmático, no se ha alcanzado la concientización a la que aspira la Educación Popular, aunque hoy nos suene irrisorio, es parte de la práctica que se dio, hoy ya casi en menor medida, dentro de la práctica de la Educación Popular.

Como una reacción, bien o mal intencionada, ante esta dogmatización de la Educación Popular y apuntalada por la teoría del fin de las ideologías y la crisis real del paradigma socialista soviético, pero fundamentalmente del triunfo práctico y teórico del capitalismo en la Guerra Fría, muchos educadores populares se fueron al otro extremo; ojalá hubiera sido con ideas más avanzadas, pero tuvieron una regresión teórica que hoy en todos lados se escucha como algo nuevo, lo que Bernstein había escrito hace más de 100 años: ¡El objetivo final no es nada, el movimiento lo es todo!, incluso siguen repitiendo que “La libertad política, la democracia, el sufragio universal […] destruyen el terreno para la lucha de clases […] Puesto que en la democracia prevalece ‘la voluntad de la mayoría’[…]” (Lenin, 1908), así, con estas bases teóricas recicladas, la Educación Popular “democrática” o “abierta” trata de convencer a los pueblos para que renuncien a la lucha por el poder, incluso del poder cultural que propugnaba el modelo gramsciano, hoy ha ganado la posición equivocada de que el poder en sí corrompe, sin profundizar en el uso adecuado o inadecuado del poder que generan, inevitablemente, las relaciones humanas, por lo que, como consecuencia lógica, la solución es la renuncia al poder o inclusive el absurdo de cambiar el mundo sin tomar el poder, como el extremo teórico de una práctica inexistente, producto de pura especulación.

Otro triunfo de la ideología capitalista es la renuncia a las formas organizativas, máxime si es la de Partido, ya que gracias al triunfo del capitalismo se confunde o identifica esta forma organizativa con los actuales partidos políticos electorales, sin entender que el partido es una forma de organización, es una herramienta, que en México, evidentemente, sirve a los intereses del capitalismo, y así, las buenas intenciones de los educadores populares, que tratándose de alejar del dogmatismo al que llegó la posición leninista de la Educación Popular, han doblado la vara hasta el otro extremo, uno que toca y se confunde muchas veces con el sistema capitalista que deseaban destruir.

Pero no sólo esos rasgos arriba mencionados fueron provocados por la reacción al dogmatismo del modelo leninista, esta “nueva” visión o modelo de la Educación Popular elimina o margina la división real de clases en la que vivimos y que marca una línea entre explotados y explotadores, y se va al extremo que sustenta que la opresión fundamental es la que se vive cotidianamente y que puede ser de género, familiar, étnica, racial, ecológica, etc. y que si se dan los cambios en estas esferas, se puede arribar a un sistema diferente al actual capitalista.

Dos posiciones que al irse a los extremos y considerar que la trasformación social sólo depende de un cambio, ya sea, en la base o en la superestructura, olvidan el carácter dialéctico de la teoría que le dio origen a la Educación Popular, el marxismo.

No quiere decir que ambos cambios son iguales de importantes, efectivamente, el cambio de la base económica es fundamental y determinante, pero eso no niega que la construcción de un proyecto emancipatorio no puede dejar de lado todos los aspectos de la vida social, así la opresión de género, familiar, étnica, racial, etc., está ligada y es producto intrínseco de una opresión mayor que determina estos aspectos de opresión; este modelo “democrático” de la Educación Popular no está viendo la realidad, donde los que oprimen pueden pertenecer a sectores oprimidos, el ser mujer o indígena no es equivalente a estar oprimido, la realidad nos da ejemplos de indígenas paramilitares al servicio de la clase en el poder, mujeres patronas que oprimen a sus trabajadores, sean estos hombres, mujeres o niños; dirigentes de organizaciones de “izquierda” que oprimen a sus bases, y cuya conciencia, de todas estas personas que pertenecen a sectores oprimidos, es el reflejo de la ideología opresora que se ha desarrollado en su conciencia.

Por tanto es un problema de conciencia y no de origen étnico, racial o de orientación sexual lo que determina, ya sea, estar a favor de un proyecto emancipatorio o estar a favor de la permanencia de las estructuras que oprimen a la mayoría; esta determinación de la conciencia, también aplica a los educadores populares, quienes no por el simple hecho de autodenominarse así o ser llamados así por una mayoría, están a favor de un proyecto de emancipación, habrá algunos que usan la metodología de la Educación Popular para preservar las estructuras de dominación capitalista, con una práctica que puede incluso ser muy rica, pero que al final no acompaña las aspiraciones populares de no seguir siendo sometidos o mediatiza estas aspiraciones, reduciéndolas a elevar su nivel socioeconómico un grado más, lo que es irrisorio comparándolo con quienes disfrutan acumulando la riqueza, pero que para esa pequeña parte del pueblo, que no tiene un parámetro real, es suficiente para frenar sus aspiraciones de lograr una vida digna.

Incluso nosotros, los educadores populares debemos desarrollar nuestra conciencia un mínimo para comprender que para trabajar con el pueblo y para el pueblo debemos organizarnos con él, no ayudarlos a organizarse, no facilitar su caminar, sino caminar a su lado, ya que sólo en la organización popular es posible que nuestra conciencia se desarrolle también.

La conciencia en los educadores populares usualmente se alimenta de la teoría, pero no podemos olvidar que es en la práctica concreta de la organización popular con miras a establecer un nuevo proyecto de emancipación donde podemos establecer la justeza de la teoría de la cual nos hemos alimentado, donde podemos crear y enriquecer una nueva teoría que permita el avance de la Educación Popular en su conjunto; es una obligación el vivir inmersos en las organizaciones populares, ser parte activa de sus luchas, celebrar sus triunfos y no abandonarlas cuando son derrotadas. Cuando el pueblo, día a día sufre el atropello a sus derechos, mermadas sus conquistas, sobre todo en esta etapa neoliberal y reprimidos sus movimientos reivindicativos, nos exige a nosotros, educadores populares, responder desde el lugar que nos encontramos con mayor responsabilidad y compromiso por el bien de aquellos que sufren la opresión, nos exige participación real, no sólo teórica.

Por tanto, un primer paso y, al mismo tiempo, un objetivo de la Educación Popular es la concientización:

[...] no debe entenderse como ’concientizar’ o desarrollar la ’conciencia crítica’, sino darle a este hecho, el sentido de ’conciencia solidaria’ y ésta, en términos de ’solidaridad de clase’ que se vuelve práctica transformadora, en la medida que se convierte en solidaridad de clase.

Por ello, el desarrollo de la conciencia de clase no puede darse al margen o por encima de la práctica transformadora de la clase, que se vuelve tal, al ser colectiva, organizada e histórica. Y es histórica en la medida que logre teorizar su práctica, es decir ubicarla, interpretarla y proyectarla dentro de la perspectiva científica de la clase explotada en su lucha organizada. (Turner & S, 1995)

Otra respuesta que también debemos encontrar en la práctica es la que responde a la pregunta de si ¿es vigente la idea marxista de la sociedad dividida en clases, o nuestro punto de partida debe ser la relación Estado-sociedad civil?

Ya vimos que la explotación y opresión no se da solamente en el ámbito de las clases sociales, sino también en otros grupos y sectores sociales que son dominados y explotados por la clase dominante.

Marx menciona que la anatomía de esta Sociedad Civil debe ser buscada en la economía política, y que la llamada sociedad civil (Hegel) es, en resumen, el conjunto de las condiciones materiales de la vida, pero éste era su punto de partida, (Marx, Prólogo de la contribución a la Crítica de la economía política, 1859).

En la Tesis sobre Feuerbach se da una respuesta clara; el materialismo contemplativo se limita a ver a los distintos individuos dentro de la “sociedad civil”, mientras que para el nuevo materialista esta sociedad civil es la humanidad socializada, el conjunto de sus relaciones sociales. Pero este conjunto de relaciones sociales y de condiciones materiales de la vida crean un determinado modo de vida, lo que producen y cómo lo producen es lo que el hombre es.

La sociedad civil es este modo de vida, pero en el análisis de la forma en qué producen y cómo lo producen descubre la relación dentro de la sociedad civil de las clases en pugna, es por eso que el primer término (materialismo contemplativo) oculta la lucha de clases en lo qué y cómo produce la sociedad humanizada (nuevo materialismo), (Marx, Tesis Sobre Feuerbach, 1845).

Sin embargo, gracias al aplastante triunfo ideológico del capitalismo y/o ante el temor de ser expulsados de la academia y de los presupuestos destinados a las organizaciones de la sociedad civil, muchos educadores populares empezaron a buscar conceptos teóricos que fueran parecidos, pero que no sonaran tanto al pasado derrotado y empezaron a alimentarse de “nuevas ideas” creadas ex profeso por el capitalismo para llenar el vacío ideológico de la izquierda, pero que en la práctica, apuntalan esa misma derrota.

James Petras es claro cuando nos dice que estas “nuevas ideas” son otra cara del neoliberalismo, identifica a los intelectuales de estos conceptos como posmarxistas, quienes manejan que el énfasis marxista en las clases sociales es “reduccionista” ya que estas se están disolviendo y que el principal punto de partida político es ahora la cultura y las diversas identidades de raza, género, etnia y orientación sexual; que el Estado es el enemigo de la democracia y de la libertad y un corrupto e ineficaz proveedor de bienestar social; que en su lugar, la “sociedad civil” es la protagonista de la democracia y el progreso social (teoría que hemos visto en el discurso de la política neoliberal que obligó a los Estados nacionales a vender todas las empresas paraestatales a la iniciativa privada); que la solidaridad de clase, forma parte de las ideologías del pasado y refleja una realidad política ya superada, se trata ahora de fragmentaciones “locales” en donde grupos y localidades específicos (identidades) practican la ayuda mutua para sobrevivir recibiendo la ayuda solidaria de elementos externos; que la solidaridad es un fenómeno que atraviesa las clases, un gesto humanitario; que los líderes de las organizaciones populares no deberían orientarse exclusivamente hacia la organización de los pobres y a compartir su condición; que las movilizaciones internas deberían tener un fundamento externo; que los intelectuales deberían diseñar programas y asegurar su financiación externa a fin de organizar a los grupos locales y que, sin ayuda exterior, fracasaría la actividad de dichos grupos locales, (Petras, 1999).

Nos menciona también que estas ideas responden a una ideología (posmarxismo) incapaz de identificar las crisis del capitalismo y las contradicciones sociales.
Él mismo nos señala que la oposición de “sociedad civil” y Estado es también una falsa dicotomía, la sociedad civil o, mejor dicho, las clases dirigentes de la sociedad civil, al mismo tiempo que atacan el estatismo de los pobres, han hecho todo lo posible por reforzar sus lazos con la política del Estado a fin de preservar su posición dominante en la sociedad civil.

Hoy se maneja que antes de luchar contra el poder político, se debe luchar contra las formas inadecuadas del poder en la familia, en el barrio, en la escuela, etcétera, “olvidan” estos nuevos teóricos, que el ser social determina la conciencia social, es decir, que si las relaciones de dominación existen y son fundamentales para el sostenimiento de esta sociedad capitalista en que vivimos, es obvio que las relaciones en todas la escalas sociales son un reflejo de éstas. Lo que buscan algunos educadores populares es cambiar la superestructura, para después barrer la base económica de la sociedad capitalista, cuando la parte más fácil es la de destruir al Estado capitalista, la tarea verdaderamente difícil, será coadyuvar al cambio de conciencia y, por supuesto, de relaciones inadecuadas entre todos los individuos de una sociedad que se realiza a la par de la destrucción de las viejas formas de relación capitalista.

Y estas tres palabras son la clave que puede orientar los nuevos esfuerzos prácticos y teóricos de la Educación Popular “a la par”; la construcción de una nueva sociedad se logra solamente despojando a quienes detentan el poder de este mismo, y “a la par” construyendo nuevas relaciones humanas de género, etnia u orientación sexual de manera diferente a las relaciones capitalistas que prevalecen actualmente y que están determinadas por las relaciones de explotación.

Uno de los resultados prácticos del abandono del modelo leninista y la conversión del modelo gramsciano al modelo “democrático” que hoy podemos ver en la Educación Popular es que, si bien mejoraron la calidad de vida de pequeñísimos colectivos de los sectores oprimidos, no propiciaron el cambio de las condiciones de opresión, esto llevó a cierto activismo que sobrestima la fuerza de la educación como agente de cambio, que paliaba los problemas, pero no transformaba la conciencia del pueblo; es decir que la carencia de un objetivo político claro o una interpretación sesgada de la realidad, resultado de la inclinación política de los educadores populares, se traduce en una falta de vinculación orgánica con las instancias populares, por lo que se despegan de las luchas por la conquista de sus derechos y de su emancipación y se han perdido, alejados de una realidad que ya no conocen, en el mar de la fragmentación no fundamental de la sociedad (Infante, 1983).

No olvidemos que la lucha de clases se manifiesta en todas las esferas de la sociedad humana y son los frentes de una lucha que, también, dentro de la Educación Popular existe y no podemos, so pena de dejar de ser críticos y autocríticos, soslayar este hecho socio-histórico .

Si bien es cierto que no podemos acusar a algunos educadores populares de poseer y manejar una ideología burguesa, sí señalamos que ante la falta de una definición ideológica clara, los grandes esfuerzos que realizan desinteresadamente caen en saco roto por esta carencia tan importante; sin una teoría que explique la realidad, sus análisis no son tan acertados y llegan a deformar ciertas ideas de la Educación Popular que desembocan en ideas de colaboración de clases y no de lucha entre éstas, incluso el enfoque freiriano ha sido aplicado en forma idealista, como si con la fuerza de la lucidez lograda por la reflexión crítica y la concientización se pudiera llegar a una especie de reconciliación final entre los grupos sociales en conflicto, sin promediar una acción real (Infante, 1983).

Repetimos, nuevamente, parece que hoy lo importante es la democracia, que hoy la tarea fundamental de la Educación Popular es contribuir al fortalecimiento de la democracia, pero de pronto surge la pregunta de cuál de las tantas formas de democracia es la que habría que fortalecer o construir; si habría que fortalecer esta “democracia” que tenemos o habría que revitalizarla, ampliarla o construir otra (Torres Carrillo, 2000) y si esa otra es también la creada en pequeñas islas aisladas y no para todos, y si lamentablemente la democracia también responde a la división en clases de la sociedad, ya que tampoco podemos esperar esa democracia que es para algunos educadores populares el reflejo ideal del paraíso en la tierra, podemos subrayar que la democracia es efectiva cuando la mayoría de una sociedad decide qué hacer en bien no sólo de ella, sino de todas las minorías, aun cuando alguna de éstas atente contra la sobre vivencia del mismo sistema democrático.

Es hora de poner nuevamente en duda lo que pensamos y lo que hacemos, revisar la práctica actual de la Educación Popular en sus muchas variantes y el desarrollo que ha tenido en muchos campos de la vida social, releer la teoría que ha fundamentado la práctica de la Educación Popular y, nuevamente y en la práctica al lado de los oprimidos y de manera organizada, contribuir a la destrucción del capitalismo, al mismo tiempo que construimos un proyecto social emancipatorio; cabe resaltar, por último, que es el ejemplo, más que miles de teorías, procesos y talleres que podamos impartir, acompañar o crear, lo que verdaderamente educa, seamos ejemplo de lo que debe ser un educador popular, no divorciemos lo que decimos y lo que somos.

Bibliografía

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