¡Pobre México!, Rosario Ibarra El Universal, 11 de octubre de 2005

, por  Comité Cerezo México , popularidad : 1%

En eso pensaba cuando entre la niebla avanzaba el autobús con su ronroneo de gato gigantesco. Al lado de la carretera, metidas entre breñas y cactáceas, se veían las casucas de los pobres que aún «viven» en el campo, de los que no han ido a buscar el sustento «allende el Bravo», o lo que no suele fallar: ¡la muerte! Veía la miseria que ultraja, la injusticia que insulta y que hiere y me asaltaba el recuerdo de todos los años vividos y de todas las semejanzas contempladas. Se me hacía un nudo en la garganta... La neblina quedó atrás cubriendo el campo húmedo y las casas miserables. Poco a poco cambió el paisaje. La «civilización», el «progreso», estaban allí. La «pujanza de los caballeros de la industria» empezaba a mostrar sus esplendores.

Avanzaba la mañana y con ella la luz del sol que dejaba ver, a ambos lados de la carretera, cerros milenarios, antes intocados, cercenados para dar asiento a edificaciones lujosas. Apartadas, en otros ámbitos, chimeneas de fábricas, silos enormes, bodegas gigantescas, business parks, así en inglés, y bancos, muchos bancos (la reconquista, dijo alguien con sorna en el autobús). Pronto supe quién era: uno de los muchos surianos que iba para el norte y cuya divisa parece ser: «Dólares o muerte».

Las enormes avenidas pletóricas de carros lujosos; las casas ricas con enormes jardines, llenos de árboles y flores, cubiertos de gruesas alfombras de césped, pasaron por mi vista como una película en technicolor; y al doblar una esquina, al llegar a la calle Arteaga de la sultana del norte, el decorado cambió: casitas minúsculas «de puerta y ventana», con las fachadas mugrientas, salpicadas por el lodo que lanzan carros, camiones y autobuses que por allí transitan: cortinitas desgarradas que tratan de ocultar inútilmente la pobreza, y el «olor a inopia» que sale como vaho de sus pobres entrañas, dijo alguien alguna vez... No sé a otros, pero a mí me duele la desgracia ajena; me lastima su hambre, su miseria, sus tragedias, y al pisar tierra de Monterrey se me alborotó el alma por toda la injusticia que he visto y por toda la por mí vivida. La calle Arteaga me pareció siniestra, horrible, no sólo por su miseria y por su mugre, sino porque en esa calle secuestraron a mi hijo hace 30 años. Y me dolió el pensamiento, porque traía guardada una carta de un viejo compañero de lucha que pedía apoyo para encontrar a un joven desaparecido en Chihuahua, Jorge Alonso Martínez Nava... y, ¡oh enorme tristeza!, compré un periódico que narraba cómo encontraron un cuerpo, que «las autoridades creen que es el del joven ingeniero desaparecido».

Y además, el hecho de que hay otros tres «hombres, cuyas edades fluctúan entre los 20 y los 27 años, también desaparecidos»... ¡¿Hasta cuándo?! ¡¿Hasta cuándo?!

Por si esto fuera poco, en otra página del diario leí que un señor de nombre Facundo Rosas Rosas, «director general de Análisis Táctico de la Agencia Federal de Investigaciones (AFI), atribuye siete secuestros a la guerrilla» de los 650 registrados en los últimos cuatro años, pero «evade identificar a grupos responsables de perpetrarlos», y afirma a propósito de la guerrilla: «Esto no ha cambiado en el país». ¿Qué pretende, iniciar la persecución inmisericorde al estilo Echeverría, Moya y los demás? ¿Obtener «carta blanca» para matar y desaparecer, o ya empezó?

De mi mochila saco papeles y más papeles que no pude leer en las horas previas a mi partida del DF y acá, en Monterrey, leo todo porque es preciso que lo haga, para tener más información de lo malo que en el territorio nacional acontece y de lo que requiere nuestro esfuerzo para erradicarlo.

Le tocó el turno a los presos políticos y me parece ver a los hermanos Cerezo, jóvenes luchadores injustamente encarcelados en penales de «alta ignominia», en lugares especializados en vejaciones, en donde desde el acceso de los reclusos a ellos, se ven obligados a sufrir, no sólo la pérdida de la libertad, sino el menoscabo absoluto de la dignidad, sea ésta poca o mucha, allí se les acaba entre gritos, amenazas, malos tratos y malísimas compañías y no me refiero sólo a los presos, sino a quienes los custodian.

Y que no aleguen que son secuestradores y que son mochaorejas, porque el estar encerrado es el castigo, lo demás es abuso de la autoridad.

Además, con qué nivel moral se atreven a criticar, quienes no han sabido respetar las leyes, que han violado la Constitución, que torturan, que encierran a sus víctimas en sótanos de campos militares y en bases navales, que acusan de lo que les da la gana a quien se les antoja, como a los pobres campesinos guerrerenses Estanislao Gutiérrez González, Aurelio Díaz Millán y Custodio Gómez Salvador, originarios de Monte Grande, municipio de Coyuca de Catalán, privados de su libertad desde hace más de siete años, acusados de delitos que no cometieron (homicidio, lesiones y robo), sentenciados con notoria ilegalidad y en acatamiento a los designios de poderosas familias de la región.

¿Hasta cuándo seguirán con sus abusos? ¡Pobre México! La verdad sí, ¡pobre México! Dirigente del Comité ¡Eureka!

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