Otra vez más han clavado el alfiler en el aire para ver si emana sangre. No hay sorpresa: ¿Quién creía que la hiena había dejado en los palimpsestos del olvido su risa hueca? Otra vez más han sacudido las aguas del turbio espejo para ver si por gracia de la luz se acicala su desorden. Hay prisa: el informe del Mil Caras viene pronto y hay que despejar de incomodidades el camino. De tal magnitud son las necesidades circenses. ¿Nuevamente las alas con el vuelo clausurado nos quieren hacer creer que nos protegen del terror? Así es, por ello me convoco aquí una vez más para reiterar que las calles afuera duelen necesariamente con ustedes allá adentro. El problema no es una vez más de presunta inocencia o presumible culpabilidad, sino del sello afilado que se oculta tras el caso. ¿Sobre qué hilo pende esa línea amorfa que ahora nos va a permitir a todos nosotros juzgarlos a ustedes; algunos desde el púlpito y la homilía, otros desde las páginas de sus diarios o en sus pantallas sórdidas, a otros desde el penacho judicial de la ceguera, a algunos más desde el crimen erigido en las urnas de ayer y de mañana y, finalmente, acaso lo más grave, a muchos desde la complicidad de la indiferencia?